- Fue durante el rodaje de “Siete años en el Tíbet” en Uspallata. Fernando Martín, por entonces un estudiante de 19 años, fue a pedir trabajo y terminó convertido en el doble del actor. Tres décadas después revive aquella aventura. “En el pueblo pasé a ser superfamoso. Todo el mundo me saludaba, salía en los periódicos”, cuenta
A mediados de la década del 90, Brad Pitt era un actor de moda, que se consolidaba como uno de los más famosos de Hollywood. Venía de protagonizar películas como Entrevista con el vampiro, Leyendas de pasión, Pecados capitales y Doce monos. Su siguiente desafío sería Siete años en el Tíbet, dirigida por el francés Jean-Jacques Annaud y basada en las memorias del alpinista Heinrich Harrer sobre su amistad con el Dalái Lama.
El rodaje del film llevó a Brad Pitt a la provincia de Mendoza, más precisamente a la localidad de Uspallata,donde durante cuatro meses se recreó el Tíbet. La llegada del actor revolucionó aquel pueblo de diez mil habitantes que, de un día para el otro, se llenó de técnicos, maquilladores, extras y un sinfín de puestos de trabajo temporarios para los jóvenes de la zona.
Uno de esos jóvenes era Fernando Martín —un mendocino de 19 años, por entonces estudiante de Ingeniería Electrónica en la UTN de Mendoza— que, junto con un grupo de amigos, se acercó al hotel donde la producción buscaba ayudantes para la filmación. Jamás imaginó que en un casting improvisado terminaría convertido en el doble de Brad Pitt.
“Nunca me vi parecido a él”, dice en comunicación con Infobae. “Después, cuando me tiñeron el cabello y me sacaron un par de fotos quedé sorprendido. Pero no. No tenemos ni la misma nariz. Él medía dos centímetros más que yo, calzábamos lo mismo y nuestras manos tenían el mismo tamaño. Creo que lo que valoraron fue eso”, agrega.
Hoy Fernando tiene 49 años y vive en Málaga, España, donde llegó en 1999. Está casado con una andaluza, tiene dos hijos y se dedica a la construcción de piletas de lujo. La tonada española que se le escapa en la conversación revela sus más de dos décadas fuera de Argentina, pero el recuerdo de aquellos meses en Uspallata sigue intacto. Entre risas, revive escenas de aquella aventura: desde la riesgosa cabalgata en la oscuridad, pasando por la noche en que celebraron el cumpleaños número 33 de Brad Pitt en Mendoza hasta la foto prohibida que logró sacarse con el actor durante el festejo.
—¿Cómo fue que llegaste a que te eligieran como doble de Brad Pitt?
—Sabíamos que en el hotel Uspallata estaban buscando gente para trabajar en la producción. De hecho, ya había un grupo de amigos en vestuario y otros lavando autos. Fuimos, preguntamos y, mientras esperábamos directivas, una chica se paró enfrente de mí y me empezó a hablar en inglés. Yo no entendía nada. Se fue y volvió con un argentino que trabajaba en una productora vinculada a la película. “Ella es la jefa del casting en Mendoza para el doble de Brad Pitt. Ya eligieron uno, pero dice que a ti te ve potencial. ¿Te gustaría quedarte y hacer la prueba?”, me dijo. Lo primero que pensé fue que era un cámara oculta.
—¿Y qué pasó después?
—Me quedé esperando un buen rato hasta que me trajeron un papel con una mano dibujada: era la mano de Brad Pitt. Me hicieron colocar la mía encima y entró justo. Después me preguntaron cuánto calzaba: teníamos el mismo talle. En paralelo vinieron unas italianas que eran peluqueras. Yo en ese momento tenía el pelo largo y barba, y recuerdo que me miraban y decían: “¡Bien, el pelo!”. Porque muchos chicos que llegaban al casting aparecían ya teñidos, imitando a Brad, y era difícil volver atrás. Yo, en cambio, estaba virgen. Me fui a mi casa y, al día siguiente, a las once de la mañana, sonó el teléfono: “Somos de la productora, vente al hotel, que te eligieron como doble de Brad Pitt”. No lo podía creer. Llegué al mediodía y me quedé hasta la noche, cuando apareció Jean-Jacques, el director. Me miró, me hizo poner de espaldas y abrazó a todas las italianas de peluquería y a los del maquillaje, que eran canadienses.
—¿Firmaste un contrato? ¿Cuánto te pagaron?
—Sí, firmé un contrato. Todavía lo tengo guardado. Me pagaban 90 dólares por día. En 1996 era un dinero importante. Cuando hacía escenas de riesgo, como subir a caballo o quedarme colgado de una cuerda a dos metros de altura, me pagaban un extra. Para mí era una tontería bajar corriendo por una montaña porque lo hacía desde niño, pero estaba considerado como de riesgo. Brad Pitt no lo hacía porque si se caía o se lastimaba se terminaba la película. Entonces, ¿para qué arriesgarse?
—¿Cuál fue la escena más peligrosa que te tocó hacer?
—La huida a caballo una noche que los secuestran y los meten en una tienda de campaña. El personaje de Brad se escapa con el compañero, que estaba herido, y lo sube a un caballo que sale a toda velocidad. Esa toma, él la hizo hasta el momento en que sube al compañero. Después cortan y yo soy el que salta al caballo y huye. Era de noche, los tibetanos nos disparaban con balas de fogueo (NdR.: munición sin proyectil que simula un disparo real al generar un fogonazo y un sonido fuerte) y los caballos se asustaron. Oscuridad total, iban a máxima potencia. Ahí, amigos míos, que manejaban caballos, nos apadrinaban, es decir, frenaban al nuestro con el suyo. En una de esas me frenaron y yo pasé por encima de la cabeza del otro caballo. Caí al suelo. Vino la ambulancia y me revisaron, pero no me pasó nada.
—Más allá del parecido físico, ¿recibiste algún tipo de preparación actoral o entrenamiento para hacer de doble?
—No, nada. Lo único que me dijeron fue: “Observa a Brad Pitt”. Entonces yo estaba autorizado a estar detrás de él, mirando cómo caminaba, cómo comía y los gestos que tenía. A mí la cámara me tomaba de espaldas o hacía planos de mis manos y mis piernas. Más o menos tenía que imitar un poco su forma de caminar, pero tampoco me exigían demasiado. A veces estaba quieto y solo aparecía mi silueta a lo lejos. Nunca se veía mi cara. Hay una toma donde se ven mis manos abriendo un paquete de galletas y otra rompiendo el bolsillo de su chaqueta.